Una nota en el frigorífico decía:

"Te he dejado algo de cocaína en un tupper. besos, lapislázuli"

Automaticamente, que diría Johan Cruyff, desayuné como sólo un capo de la mafia colombiana sabe hacerlo, untando las tostadas, untando a los jefazos del Tesoro público, sintiéndome tan grande como una montaña.

Agotados todos los mecanismos de chantaje a las diez y media de la mañana, con medio cuerpo fuera de la ventana en un vano intento por divisar al chamarilero de Gijón, Luis Sierra.

Traje de gala para el dos de Mayo, gomina y pelo cardado al mismo tiempo y la pistola a reventar de balas sigue creciendo en el bolsillo como el miembro de un gorila furioso.

Calles como junglas, hombres como cocodrilos en el fondo de la taza del inodoro; carpetazo final al sentido común.

Sabrina me enseña medio pecho y esto sirve como exacta coordenada espacio-temporal, la decada se va a terminar de un momento a otro.

El instituto nacional de balística está cerrado una vez más y la incertidumbre me pone una cofia sobre la sesera,
asesino y enfermera de mi mismo, con mi mecanismo.

Moralina: todo lo que termina en -ina es ruina, todo lo que termina en -ismo es lo mismo.