Apolo se despertó como a las once de la mañana con una resaca de aquí a Lima pasando por Coimbra, Anaheim e Iquitos.

Como cada mañana deseó ser mortal, más que nada por probar algo nuevo, hastiado como estaba de su rutina endiosadilla; hasta la coronilla del Olimpo de los cojones.

Pero nada, su fátum (el destino de los dioses con sobrepeso) le impedía siquiera rozar la posibilidad de morirse un día de estos.

Y ahí siguió, avergonzado del representante griego de Eurovisión, avergonzado del yogurt griego de Danone, avergonzado de Grecian 2000, avergonzado de Thais y Zeus, avergonzado del negro de Rocky...

Aquella noche, para matar el tiempo, decidió matar a un grifo, un bicharraco con muy malas pulgas (habrá insectos en los campos elíseos?).

Le resultó muy divertido descerrajarlo de arriba a abajo con una Winchester que le cargó el diablo (Plutón por más señas), vaciarle las tripas, llenárselas con cáscaras de naranja y coserlo con hilo dental.

Agotado, se dejó caer sobre la cama con forma de nube que parecía directamente extraida del anuncio del queso Philadelphia
(ciudad, todo hay que decirlo, donde transcurre Rocky (John G. Avildsen, 1976)

A la mañana siguiente un goteo persistente sacó a Apolo de los brazos de Morfeo.

Levantó la cabeza cúal perrillo de la pradera e intentó adivinar de donde procedía el monocorde blup......blup......blup.......

Después de darle un rodeo a la nube dijo:
-Eureka.

Un charco de sangre se rendía a sus pies.
Otra vez se había dejado el grifo abierto.